El Error de la Tortuga
Era una simpática tortuga que vivía en las proximidades de un lago. Diariamente acudían dos garzas a saciar su sed en aquellas límpidas aguas. Poco a poco fue naciendo una estrecha amistad entre la tortuga y las garzas. La vida discurría apaciblemente en esas silenciosas tierras entre un circo de elevados picos y un maravilloso lago en el valle. Pero las vicisitudes alcanzan a todos: seres humanos y animales. Ese año las lluvias no terminaban de llegar, ante la desesperación de la tortuga y sus buenas amigas. Así, implacablemente, el caudal del lago cada vez iba siendo menor. Poco a poco se iba quedando seco. Las garzas reflexionaron y llegaron a la conclusión de que era necesario tomar una decisión urgente o cabía el riesgo de morir de sed. ¿Qué decidieron nuestras diligentes amigas? Pues acordaron que era necesario emigrar a regiones húmedas y así lograr sobrevivir. Emprenderían el vuelo hacia otras tierras más prometedoras. ¿Pero acaso habían pensado en la tortuga? No sabemos si hay en algún lugar tortugas que tengan alas y puedan volar, pero no era el caso de la tortuga de nuestro relato, que se quejó apenada:
‑ vosotras tenéis alas y podéis ir a cualquier parte que os propongáis pero, decidme. ¿qué me espera a mí, qué puedo yo hacer?
La tortuga se introdujo en su caparazón, pero sus sollozos eran bien audibles. Lloraba y lloraba desconsoladamente. Llegó la noche y el cielo se cuajó de rutilantes estrellas. Sólo se escuchaba el llanto de la tortuga y a su lado, desconcertadas, estaban las garzas. Se les partía el corazón al ver el desconsuelo de su amiga. Entonces, cuando ya el sol comenzaba a despuntar, tuvieron una idea tan luminosa como luminoso se anunciaba el día. Se iban a llevar a la tortuga con ellas. ¿Cómo? Pues iban a coger un palo que sostendrían desde cada extremo con el pico y la tortuga se colgaría del mismo atenazándolo con la boca. ¡Qué fenomenal solución! La tortuga dejó de llorar y, agradecida, se abrazó a las garzas. Eran momentos de alegría sin límite.
Buscaron un palo adecuado y cada garza lo cogió con el pico por un extremo. La tortuga mordió el centro del palo. Así dio comienzo el viaje. Dos garzas y una tortuga planeaban por el cielo azul de las altiplanicies. Cruzaron por encima de un pueblo y, al ver a los animalitos, la gente exclamó:
‑ ¡Mirad, mirad, qué tortuga tan lista, con qué destreza se agarra al palo!
La tortuga se sintió henchida de orgullo. Las garzas ponían toda su atención en proseguir el viaje. Sobrevolaron pueblos y aldeas. La gente exclamaba deleitada:
‑ ¡Qué tortuga tan inteligente! ¡Con qué habilidad se cuelga de la vara!
La tortuga no cabía en sí misma: tal era su vanidad. Aquellos elogios la hacían sentirse muy feliz e incluso se dijo a sí misma: «La verdad es que siempre he sido una criatura muy inteligente y sagaz».
Siguió el viaje. Entonces las garzas y la tortuga sobrevolaron una valle fértil, donde había buen número de pacíficos campesinos. Miraron al cielo y exclamaron:
‑ ¡Ved, ved, no os lo perdáis! Mirad que garzas tan sabias, tan sagaces, tan hermosas. ¡Qué inteligencia la suya para poder transportar a esa tortuga! ¡Qué animales tan espléndidos, tan inteligentes, tan generosos, tan ocurrentes!¡ Qué garzas tan bellas y además bondadosas!
La tortuga estaba indignada porque ninguno de aquellos campesinos profería un sólo elogio hacia ella. Al contrario, era casi como si ella no existiera, y seguían exclamando maravillados:
‑ ¡Qué garzas más fantásticas, qué criaturas gráciles y bondadosas!
Harta de tantos halagos a las garzas y herida en su orgullo, la tortuga gritó:
‑ ¡Necios! ¡Qué sabréis vosotros!
Al hablar, la tortuga soltó el palo e, inevitablemente, se precipitó en el vacío. Chocó violentamente contra el suelo, el caparazón se hizo mil pedazos y su cuerpo quedó reventado.
ENSEÑANZA: LA VANIDAD ES EL PASADIZO HACIA LA PESADUMBRE.