Almorzando con los Buckland
Comer se puede comer de casi todo. Algunas de las iniciativas alimenticias más curiosas están galardonadas con un Premio Ig Nobel. Otras, alejadas en el tiempo, son dignas de tal consideración. Como las de William Buckland, cuyo espíritu científico le llevó a lamer una supuesta sangre de santo para comprobar que eran orines de murciélago.
De vez en cuando las columnas de información social y científica recogen los llamados Premios Ig Nobel. Se trata de unos galardones concedidos a las investigaciones, artículos o iniciativas más raras dentro del campo de las actividades intelectuales humanas. El anuncio de los Ig Nobel se hace simultáneamente con los Premios Nobel (los otros, los suecos) y comenzaron a concederse en 1991. Tras los galardones están los editores de la revista de ciencia y humor Annals of Improbable Research y con ellos persiguen la promoción pública de la ciencia, de la medicina y de la tecnología, presentando su cara más divertida. Por si alguien duda de la existencia de las investigaciones dignas de los Ig Nobel, podemos consultar en la Red una relación completa de los premiados con enlaces a los sitios de los premiados, a sus artículos, inventos o trabajos.
Un seguimiento anual de los premios hace que uno vaya haciéndose su lista personal de preferencias. Los que tienen que ver con la salud pública, la higiene y la alimentación son los que tienen más seguidores y, sin duda alguna, los más prácticos para la vida moderna.
Para muchos, para mí incluso, la preparación de los desayunos cambió para siempre jamás al conocer la "regla de los cinco segundos" (Jillian Clarke, Ig en 2004) que afirma que un alimento caído es perfectamente consumible, con todas las garantías higiénicas, si no permanece en contacto con el suelo más de cinco segundos. También fuimos legión los preocupados con el colapso de los urinarios públicos en Glasgow, Escocia, (Jonathan Wyatt, Gordon McNaughton y William Tullet, Ig en 2000). Sin embargo, y que quede muy claro, no conozco a nadie que, por causa de sus costumbres, esté preocupado por el peligro de contraer la gonorrea usando muñecas hinchables (Ellen Kleist, Ig en 1996). Que conste.
En la mejor y heroica tradición médica y veterinaria está Robert A. López que para comprobar los daños causados por los ácaros y garrapatas en las orejas de los gatos, los extrajo cuidadosamente y las introdujo en las suyas propias para observar y analizar los resultados (Ig en 1994). En la misma línea está uno de los galardonados de 2005: el doctor Yoshiro NakaMats (Nakamatsu) (en la imagen), japonés él, que “fotografió y analizó retrospectivamente” todas las comidas hechas durante un período de treinta y cuatro años.
William Buckland sería el candidato perfecto para ganar uno o varios Ig Nobel de no llevar muerto casi ciento cincuenta años. El propio sitio en la Red de los premios le dedica una página a su vida y a la de su hijo Francis. Buckland, padre, fue el primer catedrático de Zoología en la Universidad de Oxford, donde también impartió las materias de Mineralogía y Geología. El núcleo de los estudios de William Buckland era el “Diluvio”. De hecho, estaba considerado como el líder de los “diluvialistas”. El clérigo Buckland tenía pruebas suficientes para demostrar que el relato bíblico del Diluvio estaba fuera de toda cuestión. Sin embargo, pensaba que era necesario interpretar “los seis días de la creación” de manera figurativa, descartando la interpretación literal de muchos de sus colegas. El descubrimiento en una cueva de Yorkshire, Inglaterra, de los restos de una rica fauna fósil (hienas, leones, elefantes, hipopótamos...) fundamentó más su creencia en una grande catástrofe antigua. Una datación basada en la cantidad de lodo de las cuevas le llevó a afirmar que el Diluvio no tenía más de cinco mil años de edad. Le preocupaba el hecho de la inexistencia de restos humanos anteriores al Diluvio, por lo que dedujo que este ocurrió antes de la “creación de la humanidad”. La recopilación de noticias de hallazgos de restos fósiles en los Andes y en el Himalaya resultó en una interpretación “universal” del Diluvio, que afectó tanto a las tierras bajas como las montañas más elevadas. Según las descripciones de Buckland, el diluvio se asemejaría a un gigantesco tsunami.
Dejando aparte las conclusiones de sus estudios, es indudable el espíritu científico de William Buckland y sobre todo su carácter experimentador. El trabajo de campo ocupaba gran parte de su tiempo. Y no sólo recogiendo muestras de fósiles y de rocas. Por un interés científico, William Buckland comía cualquier cosa que se le ponía por delante. Afirmaba que, de todo cuanto comió, el plato que menos le gustó fue el asado de topo, sólo superado por el guiso de moscardones.
En Italia descubrió el secreto de la “sangre del santo mártir”. Dentro de la iglesia erigida en el presunto lugar donde un santo había sido martirizado permanecía una húmeda mancha de sangre en el suelo. Cada día, milagrosamente, la mancha se renovaba. Buckland queriendo comprobar el sabor de la sangre de santo, se arrodilló, sacó la lengua y la pasó por la mancha. El resultado de su análisis fue demoledor: no era sangre de santo, sino orines de murciélago.
La afición por las “comidas exóticas” las heredó su hijo Francis. Un acuerdo le aseguraba una pieza de todo bicho que muriera en el zoológico de Londres. Según algunas fuentes “bien informadas”, otro acuerdo con el personal de un hospital le garantizaba un suministro de piezas de anatomía humana.
Traducción y adaptación de Xantando cos Buckland, publicado en el suplemento Descubrir de Galicia Hoxe.